Historia de la AIIAOC desde sus inicios hasta su centenario

La primera Escuela de Caminos y Canales fue fundada en 1802, en Madrid, por Agustín de Betancourt

Cumplir cien años velando por los intereses de la Ingeniería en Andalucía no es tarea fácil. Para llegar al presente Centenario que en 2018 celebra la Asociación de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental (AIIAOc), muchas han sido las figuras pioneras y los intentos sucedidos en esta tierra por hacer de la profesión un referente de desarrollo y progreso.
La unión entre ingenieros es clave para la evolución económica no solo de Andalucía, sino de todo su entorno.

Es por ello que más aún en este año conviene echar la vista atrás para conocer cómo la Ingeniería Industrial andaluza y quienes conforman la AIIAOc han llegado hasta aquí, ya que sólo así se podrá comprender el presente y garantizar el futuro de este sector. En esta monografía, gracias a la encomiable labor historiadora realizada por el Académico Numerario Fundador de la Real Academia de Ingeniería de España, D. Javier Aracil Santonja, se puede establecer su origen y comprobar cómo la celebración de este primer Centenario de la AIIAOc merece ser recordada y que sirva para rendir honores a una especialización técnica clave para esta comunidad.

LA TÉCNICA, FORMA PRIMIGENIA DE CULTURA

La Ingeniería hunde sus raíces en los inicios de la misma humanidad. Hace unos dos millones de años aparece el género Homo. Lo humano aparece indisociablemente ligado a la técnica, es la forma primigenia de la cultura.

Es en el siglo XVIII, con la Primera Revolución Industrial, cuando se produce una radical ampliación del dominio que había sido hasta entonces propio de los ingenieros. En esta época aparecen las factorías y se constituyen en grandes centros de producción, para cuya gestión se requiere una forma de ingeniero diferente a la anterior existente. Ésta es la que dará lugar al ingeniero industrial.

El siglo XVIII fue decisivo. Es la época de la Ilustración, o Siglo de las Luces, en cuyos orígenes juega un papel determinante la Revolución Industrial que se desencadena en las Islas Británicas.

Con ella se abre un campo de actividad hasta entonces desconocido para estos profesionales: el de la producción en masa de bienes para la sociedad.

EL REAL INSTITUTO INDUSTRIAL

El moderno ingeniero tiene dos orígenes basados en concepciones distintas de la profesión. A un lado se encuentra el ingeniero inglés, que nace al calor de la Revolución Industrial y se asocia a un modo de Ingeniería ligado a la práctica industrial o civil y cuya formación se inicia con el aprendizaje en los talleres u obras. Al otro lado está el ingeniero francés, el cual se forma a partir de una sólida base científica. Esta formación tiene lugar en centros de élite muy minoritarios. Estas dos
formas de acceder a la Ingeniería persisten durante todo el siglo XIX.

En España, la Ingeniería se instaura a principios del siglo XIX siguiendo el modelo francés, con una formación de perfil
marcadamente científica, inspirada en el culto a la razón que instauró la Revolución Francesa. Así, en 1802 se fundó
bajo la dirección de D. Agustín de Betancourt la primera Escuela de Caminos y Canales, con sede en el Palacio del Buen
Retiro de Madrid; y durante la época moderada del reinado de Isabel II se consolidaron las entonces nacientes Escuelas de Ingenieros, entre las que se encontraban las de Industriales.

En esta génesis de la Ingeniería Industrial nacional tiene un papel destacado el malagueño D. Juan López de Peñalver, personaje singular de la Ilustración española de finales del siglo XVIII y principios del XIX e íntimo colaborador de D. Agustín de Betancourt. Entre otros títulos, fue nombrado en 1798 vicedirector del Real Gabinete de Máquinas, ubicado en Madrid. Además, en 1824 se crea en la misma ciudad el Real Conservatorio de Artes, del que Peñalver fue director hasta su muerte en 1835.

Esta última institución absorbe al Real Gabinete de Máquinas y a sus empleados. Con ello, el Gabinete adquiere una estructura y funciones más amplias al convertirse en una Escuela de Artes y Oficios. El Conservatorio es el eslabón entre la Ingeniería de la Ilustración y la moderna Ingeniería Industrial. Sin ir más lejos, en 1850 se transforma en el Real Instituto Industrial, donde se empieza a impartir el título de Ingeniero Industrial. Así, se completa la transición de los orígenes de la Ingeniería civil (en el sentido de no militar) en España, a la titulación de Ingeniero Industrial.

RETRASO DE LA INDUSTRIA ANDALUZA

D. Ramón de Manjarrés

La industrialización española llegó con retraso en el siglo XIX, excepto en algunas regiones como Cataluña y el País Vasco. Esto se hizo especialmente patente en Andalucía. A mediados del siglo XIX se produce en Andalucía, en particular en Sevilla y Málaga, un período de relativa expansión industrial cuando se tienden las líneas regionales de ferrocarril y se desarrolla una incipiente industria siderúrgica. Sin embargo, la mayor parte de los ingenieros no eran andaluces. Los centros universitarios existentes en la región no contemplaban las enseñanzas técnicas. Por ello, se hacía patente la necesidad de erigir centros de enseñanza técnica superior, lo que condujo a la creación de la Escuela Superior Industrial Sevillana en 1850.

Así, la industrialización en el siglo XIX español se realizó de la mano de ingenieros traídos de fuera. La independencia de los territorios americanos determinó que muchas familias pudientes abandonaran aquellas tierras y se instalaran en Sevilla, Cádiz y Málaga, formando parte de una incipiente burguesía industrial dotada de una mente abierta a las nuevas ideas y modos de producción.

La antigua Escuela de Ingenieros Industriales de Sevilla, en la Avenida de la Reina Mercedes

NACE EL INGENIERO INDUSTRIAL

A nivel industrial continuaba la adaptación de los procedimientos modernos de fabricación a las materias primas españolas, por lo que se necesitaba mano de obra que fue desempeñada por técnicos extranjeros, mientras que las familias pudientes mandaban a sus allegados a Escuelas de Ingenieros nacionales y extranjeras. Pronto se percibe la necesidad de que se promueva un nuevo tipo de ingeniero cuya misión sea servir a la industria pública o privada. En España nace así el Ingeniero Industrial, que se crea siguiendo el modelo francés. El título surge en 1850 y se implanta de forma descentralizada en varios centros de Madrid, Barcelona, Gijón, Sevilla, Valencia y Vergara.

En su origen, el título tenía una enseñanza cíclica y se organizaba en tres niveles. El intermedio o de ampliación, de tres cursos académicos, permitía recibir el título de profesor industrial. Tras un cuarto año, los alumnos obtenían los nombramientos de Ingeniero mecánico o Ingeniero químico de segunda clase, las dos especialidades que entonces contemplaba la carrera. Sin embargo, esta formación por ciclos se abandona muy pronto y el modelo francés se refuerza.

Al crearse la carrera, el nivel superior sólo se cursaba en Madrid, en el Real Instituto Industrial. Los primeros años en las Escuelas de Barcelona, Sevilla y Vergara eran sólo de ampliación, pero esto cambió con la Ley de Instrucción Pública de 1857, conocida como Ley Moyano. A partir de esa Ley, el título de Ingeniero Industrial ya se pudo obtener en todas las Escuelas españolas.

D. RAMÓN DE MANJARRÉS, PRESIDENTE DE LA AIIAOC

Una figura notable en la introducción de la electricidad en España es la de D. Ramón de Manjarrés i Bofarull, quien fue el primer presidente de la Asociación de Ingenieros Industriales de la cual se celebra este año el Centenario. Nacido en Barcelona en abril de 1827, entre su extensa biografía destaca su nombramiento en 1863 como director de la Escuela Industrial de Sevilla. Tras la clausura de este centro en 1866 regresa a Barcelona y ocupa, dos años después, la Cátedra de Química en la Escuela Industrial de esta ciudad. Manjarrés intervino de forma decisiva en la implantación de las aplicaciones industriales de la electricidad en España mediante la introducción de dos inventos imprescindibles: las máquinas generadoras de electricidad y el teléfono. Además, demostró durante toda su vida tener una especial sensibilidad por las cuestiones sociales.

Desde 1867 fue Académico de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, de la que también fue designado presidente en 1874. Unos años más tarde, en 1891, Manjarrés regresa a Sevilla, donde ocupa la Cátedra de Ampliación de Física Experimental de la Facultad de Ciencias de la Universidad. Fue recordado como un gran impulsor de la Ingeniería Industrial en Sevilla y contribuyó decisivamente a la creación de la Asociación de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental (hasta entonces, sólo de Sevilla) en 1918, de la que fue el primer presidente hasta que falleció en febrero del mismo año.

Su figura polivalente ilustra la importancia de los Ingenieros Industriales decimonónicos y la amplitud de ámbitos en los que ejercieron su actividad.

VELASCO DE PANDO, UN DIGNO SUCESOR

La historia de la Ingeniería Industrial, antes de la creación oficial de la AIIAOc, todavía aguardaba grandes cambios. En 1867 se clausuraron todas las Escuelas Superiores de Ingenieros Industriales, incluido el Real Instituto Industrial de Madrid, con la excepción de la Escuela de Barcelona. Ese cierre generalizado fue debido a que no se alcanzó la masa crítica de ingenieros que el país necesitaba, y antecede en meses a la caída del régimen de Isabel II. Es un indicador del fin de una época.

Aunque en 1902 se vuelve a crear la Escuela de Madrid, ésta no logra su plena implantación hasta años después. La de Sevilla, por su parte, no reaparecerá hasta 1963. En esta época de la primera mitad del siglo XX despunta en Sevilla otro personaje singular, el Ingeniero Industrial D. Manuel Velasco de Pando. Nacido en Sevilla en 1888 y con estudios en de la Escuela de Bilbao, sucedió a Manjarrés como presidente de la Asociación de Ingenieros Industriales de Andalucía entre los años 1918-1924. Velasco de Pando es un representante de la sólida formación científica de los ingenieros, y de su papel capital en la introducción de la ciencia en España. A él se atribuyen las primeras lecciones pronunciadas en Sevilla sobre la teoría de la relatividad, a principios de los años veinte.

Volviendo al aspecto formativo, a partir de 1866 las Escuelas de Ingenieros pasaron a denominarse Escuelas Especiales. Su autonomía se mantuvo hasta que en 1957 se promulgó la Ley de Reforma de las Enseñanzas Técnicas, modificada a su vez en 1964 y con la que se produjo una significativa innovación en la formación de los profesionales. Entre otras cosas, se pretendía fomentar un nuevo tipo de ingeniero capacitado para llevar a cabo tareas de investigación, por lo que se estableció el título de Doctor Ingeniero, hasta entonces inexistente.

La ley de 1957 influyó de forma radical en los centros de enseñanza técnica y se prolongó hasta 1964, cuando desapareció la Dirección General exclusiva para las enseñanzas técnicas, la cual se incorporó a las Universidades. Como consecuencia, las Escuelas pasaron a denominarse Escuelas Técnicas Superiores de Ingenieros y se integraron en universidades convencionales. En la práctica subsistieron algunos islotes, lo que dio paso a Universidades Politécnicas en las que se integraron las Escuelas con un régimen adecuado para alcanzar sus objetivos.

Las posibilidades que abría la ley de 1957 al crear el título de Doctor Ingeniero y establecer un marco para que las Escuelas se convirtiesen en centros de investigación y no sólo de enseñanza, dio lugar a cambios profundos en la forma de abordar la vida profesional de los profesores. Éstos habían sido profesionales de la Ingeniería que dedicaban una parte de su tiempo a la formación. La nueva forma exclusiva de ejercer la actividad universitaria por parte de los docentes no contaba con el beneplácito de todo el mundo.

Delegación de la AIIAOc en Córdoba, en la década de los 50

Para suplir estas carencias de la falta de conocimiento práctico de la Ingeniería en las universidades, en Sevilla se fundó la Asociación de Investigación y Cooperación Industrial de Andalucía (AICIA), que lleva el nombre de D. Francisco de Paula Rojas y que perseguía el fin de tener un marco legal eficaz para regular las relaciones de los Departamentos de la Escuela con las empresas del entorno.

En efecto, la ley General de Educación de 1970 creó las Universidades Politécnicas de Madrid, de Valencia y de Cataluña. Valencia se adhirió enseguida como quiso hacerlo Sevilla que, sin embargo, no lo consiguió.

SEVILLA Y SU ESCUELA

En los años sesenta se vivió en España la época del desarrollismo, en la que se produce un prodigioso aumento de las actividades económicas e industriales. Ello obligaba, entre otras cosas, a aumentar el número de Escuelas de Ingenieros.

La Escuela de Sevilla renació en 1963 con la pretensión de ser un proyecto piloto en el que se ensayasen nuevos procedimientos pedagógicos con los que reducir la tasa de fracaso en las Escuelas. Para ello se recurrió a la supervisión de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), que elaboró un plan de estudios experimental, tanto por lo que respecta a las asignaturas que lo formaban, como por la manera de impartirlas. El plan de estudios, recogido en el llamado ‘Libro Amarillo’, fue en aquellos años el sello de identidad de la Escuela.

A principios de los setenta se produjo la difícil integración de la Escuela en la Universidad de Sevilla, en la que las peculiaridades del centro resultaban difíciles de asumir. Todo ello determinó que a mediados de ese decenio hubiese que organizar un plan de homogenización con el resto de las Escuelas de Ingenieros Industriales. La OCDE había considerado terminada la experiencia y se perdió interés hacia ella. Por tanto, a mediados de los 70 se tuvo que refundar la Escuela adoptando un perfil homologable con otras de Industriales existentes en España.

En otro orden de cosas, hay un detalle que conviene reseñar. En 1994 se crea la Real Academia de Ingeniería de España, en cuya nómina se cuentan hasta sesenta numerarios. Pues bien, cinco de ellos obtuvieron el título de Ingeniero Industrial en Sevilla, y si a ellos sumamos otros dos (el añorado D. Antonio Barrero, y el segundo presidente de la Academia que estuvo unos años cruciales para la renovación de la Escuela), resulta que siete académicos están o han estado, vinculados a la Escuela de Ingenieros Industriales que se forjó en la Avenida de la Reina Mercedes de Sevilla.
El centro acabó fundándose como Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Sevilla. Gracias a su traslado al edificio que ahora la alberga, ha sido posible que otras titulaciones se hayan adherido con el tiempo a la matriz, por lo que hoy en este edificio se pueden cursar distintas titulaciones de diversos ámbitos de la Ingeniería.

EL PAPEL DE LA AIIAOC

Las Asociaciones de Ingenieros Industriales surgen en España en el último cuarto del siglo XIX. En este momento los ingenieros reivindicaban tres cuestiones básicas para su actividad: que se generase un mayor desarrollo industrial, la ampliación de conocimientos mediante la información técnica e industrial y un marco legal que mejorase su ejercicio profesional. Por ello, en el año 1911 surge el Cuerpo Nacional de Ingenieros Industriales, con el objetivo de lograr mayores atribuciones profesionales.

A principios del siglo XX se fortaleció el capitalismo en España gracias al proteccionismo y la industrialización. La Primera Guerra Mundial fue también una causa que facilitó el crecimiento de la industria española. También en este contexto surge la petición de mayores derechos laborales por parte de los obreros. Así, en 1918 nace la Asociación de Ingenieros Industriales de Sevilla, con el objetivo de aglutinar a los Ingenieros Industriales que trabajaban en Andalucía, y que no formaban parte de ninguna de las cuatro Asociaciones existentes hasta entonces. Bajo valores destacados como la superación o la relación social de sus integrantes, la entidad se ha mantenido hasta el día de hoy.

Agustín de Betancourt

En sus inicios, la Asociación reunía sólo a los ingenieros de la provincia de Sevilla y zonas próximas. Fue años más tarde cuando asumió e integró las delegaciones de Cádiz y Córdoba, en el año 1942, y la de Huelva en 1951. Desde esa última fecha quedó bautizada como Asociación Territorial de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental, entidad de derecho privado.

Su historia es paralela a la creación en los años cincuenta, mediante el Real Decreto de 9 de abril de 1949, de los Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales. Es entonces cuando los Colegios, que a diferencia de las Asociaciones eran de carácter público, fueron partícipes de un desarrollo legislativo que los hizo responsables de representar y defender a los ingenieros.

Por ello, las Asociaciones de Ingenieros Industriales pasaron a ser un ente colaborador de los Colegios, y se dedicaron en conjunto a promover la Ingeniería Industrial y sus actividades relacionadas. En los últimos años, las Asociaciones de Ingenieros, al mantener su estatus privado, han ganado un peso determinante como garantes de la cualificación y acreditación profesional.

Desde sus orígenes, unidos a la Escuela de Sevilla, la AIIAOc ha ido sumando años hasta llegar a los cien que en 2018 conmemora. Compuesta por más de 3.300 Ingenieros Industriales de las cuatro provincias de Andalucía Occidental, sus integrantes continúan en su empeño de hacer de la AIIAOc una Asociación de referencia para los Ingenieros Industriales de toda España.

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